Juanjo Seoane


Llama un inspector
J. B. Priestley

J. B. Priestley. Escribí esta comedia a toda velocidad durante el invierno de 1944-45, terminándola en el plazo de una semana. Las comedias de este genero, en las que una situación conduce inevitablemente a otra, es preferible, en mi opinión, escribirlas con la mayor rapidez posible.

Tiene una historia curiosa. En primer lugar, no habiendo en Londres ningún teatro disponible para ella, envié un ejemplar a Moscú, donde fue inmediatamente traducida y puesta en escena, durante el verano de 1945, por dos famosas compañías simultáneamente, pasando después a ser representada en muchas ciudades de la Unión Soviética.

En segundo lugar, es la única de mis comedias que he visto representar simultáneamente, en siete u ocho capitales, incluyendo Nueva York, París y Moscú.

Finalmente donde se escribió, en Londres, hizo su presentación a comienzo de temporada en el Old Vic, en octubre de 1946. La dirección de Basil Dean fue excelente, y en mi opinión un afortunado experimento con la decoración, de modo que en cada acto se obtenían una perspectiva diferente de la misma estancia.

El reparto, en el que figuraban Margaret Leighton, Marian Spencer, Ralph Richardson, Alec Guinness, Julien Mitchell, difícilmente podría ser mejorado.

Lo único que puedo añadir es que parece haber triunfado en casi todas partes, y en Alemania, por ejemplo, se dieron 1.600 representaciones, en el curso de unos dieciocho meses.

Reparto


Llama un inspector
Dirección: Román Calleja

 

Inspector: José Luis Pellicena

Arthur Birling: Francisco Valladares

Margaret Birling: Concha Cuetos

Gerald Corbett: Iván Gisbert

Sheila Birling: Lola Manzanares

Eric Birling: Guillermo Muñoz

Edna: Olga García

 

             
     
             

Sinopsis

John Boynton Priestley tenía tan marcada obsesión por el tiempo como preocupación metafísica y elemento argumental que lo convirtió en eje de algunas de sus obras, de forma singular en «El tiempo y los Conway». De ello también participa una de sus piezas más conocidas, «Llama un inspector», donde tiene un marcado protagonismo como magnitud inquietante en la que un hipotético futuro próximo se manifiesta tal vez como alucinación culpable del presente. Es una suerte de comedia de costumbres con sesgos de thriller, en la que Priestley hace que vida e ilusión se confundan jugando con una original concepción del tiempo como elemento dramático. Su argumento presenta a una familia de la aristocracia industrial británica que, cuando celebra la pedida de mano de su hija, recibe la visita de un inspector que investiga el suicidio de una joven humilde; el recién llegado va demostrando sutilmente que todos, de alguna forma, contribuyeron al desgraciado final. Un ovillo que el autor desenreda con gran dominio de la temperatura psicológica y el ritmo escénico, manteniendo al espectador cautivo de la historia hasta su desembocadura en un final desazonador envuelto en interrogantes, un redoble de conciencia que abre una honda reflexión moral en torno a la responsabilidad individual y colectiva de las acciones del ser humano.

Esta dinámica y bien trabada versión, que firma el productor Juanjo Seoane con el seudónimo de Juan Altamira, traslada la acción, que originalmente transcurre en 1910, a 1939, poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, lo que crea una atmósfera crepuscular y transparenta una amenaza latente bajo las máscaras del opulento fariseísmo social. Asistí a su estreno en Santander y, aparte de la lógica mejor trabazón de los elementos, se adivierte que, al representarse ahora sin interrupción, además de un entreacto bastante oportuno se ha eliminado un inteligente cambio escenográfico que establecía una sutil dialéctica de perspectivas y puntos de vista diferentes e iluminaba el sentido último de la obra. Una lástima.
El bien engrasado reparto domina todos los resortes de sus papeles al servicio del magistral uso del suspense planteado por Priestley. José Luis Pellicena aborda acertadamente el tono reflexivo, inquisitivo y un tanto enigmático del inspector; Francisco Valladares y Concha Cuetos encarnan con solvencia al matrimonio de alcurnia empeñado en guardar las apariencias, aunque el primero utiliza su sabiduría de veterano actor para intentar apropiarse de las escenas, lo que le lleva a sobreactuar; los jóvenes Iván Gisbert, Guillermo Muñoz y Lola Manzanares, que ha crecido notablemente como actriz, redondean el buen acabado de la función.



Director
Román Calleja


Nace en Santander (Cantabria). Es titulado en Arte Dramático por la Escuela Superior de Arte Dramático de Sevilla. Actor y Director. Miembro de la A.D.E. (Asociación de Directores de Escena de España). Director y creador de la Escuela de Arte Dramático de Cantabria, realiza las funciones de Jefe de Departamento y Profesor de Interpretación. En la actualidad es Coordinador General de la Sociedad Regional para la Gestión y Promoción de Actividades Culturales del Palacio de Festivales de Cantabria.

GESTIÓN PÚBLICA:

Comienza su andadura como Animador Cultural de la Consejería de Cultura y Educación de la Diputación Regional de Cantabria (1984-1990), a la vez que imparte clases como Profesor de Interpretación en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Cantabria (1981-82), en el Aula de Teatro del Inconsciente del Centro de Salud Mental de la Administración Institucional de la Sanidad Nacional (1984-85), en el Instituto de Enseñanzas Medias “Santa Clara” (1985-86).

En 1989 crea la ESCUELA DE ARTE DRAMÁTICO DE CANTABRIA, la cual dirige en la actualidad, compatibilizándolo con su cargo de Coordinador General del PALACIO DE FESTIVALES DE CANTABRIA desde su creación en el año 1991.