Juanjo Seoane


Los cuernos de D. Friolera
Ramón María del Valle-Inclán

 

Ramón María del Valle-Inclán era hijo del escritor liberal y galleguista Ramón del Valle Bermúdez (amigo de Manuel Murguía y Andrés Muruais) y de Dolores de la Peña y Montenegro, ambos de ascendencia hidalga poseedora de títulos nobiliarios y viejos fueros, pero venidos a menos. Bautizado con el nombre de Ramón José Simón Valle y Peña, tomó su nombre artístico del apellido de uno de sus ilustres antepasados paternos, Francisco del Valle-Inclán.

Sinopsis

Los cuernos de Don Friolera es una cabriola costumbrista que clausura, con una mueca, el estricto drama de honor calderoniano e incluso todo nuestro afectado y retórico teatro nacional, desde aquellos eminentes maestros valencianos al no menos eminente Echegaray.

En mi inmodesta opinión, cuando estos cuernos se han asomado a un escenario, siempre lo han hecho afeitados, en el sentido más literal del término. Es decir, llenos de afeites innecesarios, desfigurados por el exceso de maquillaje o de cartón piedra. Y a pesar del prólogo de la función, el texto de Valle no se articula como una farsa de muñecos, ni sus personajes se comportan como títeres de guiñol... ¡a no ser que consideremos la realidad como un Grand Guignol! Yo, que de joven hice las Milicias Universitarias, conocí a una docena de oficiales, y puedo jurar por las niñas de mis ojos que los militares descritos por Don Ramón son más reales, más verificables y más de carne y hueso, que los encorsetados y fanfarrones capitanes puestos por Lope de Vega al servicio de los Austrias, en su lamentable proyecto de generar una mentalidad social inmovilista y servil. Lo más jodido es que alcanzó su objetivo, y todavía estamos pagando las consecuencias. De ahí la rabia latente en la obra de Valle, y de ahí también la vigencia de sus esperpentos.
                                                                                                                                
Esa es otra: el esperpento. ¡Cuánta tinta ha corrido, y qué mal empleada, para desentrañar los significantes agazapados tras el sonoro casticismo!. Lo peor es que -coherencia obliga- todo esperpento se ha resuelto siempre escénicamente como una farsa parroquial cargada de ñoñería, sin el menor asomo de amargura o de mala leche. Yo creo que el esperpento es apenas un sainete violento, imaginado no al calor del brasero, pero sí al calor de un litro de Valdepeñas y bajo la saludable influencia de una pipa de kif. Valle pretendía estrenar, y Valle conocía la profesión de su tiempo -¡su mujer era actriz!-, y Valle no era ningún imbécil. ¿Quién no se acuerda de Pepe Isbert, Valeriano León o Manolo Morán? Actores muy similares debía ver Valle, como posibles, encarnando a sus personajes.

El lenguaje que Valle utiliza en sus esperpentos suena a jerga tabernaria, al cocktail pluriautonómico propio de la noche barriobajera de la Villa y Corte. ¿No será Valle a fin de cuentas el profeta modernista de la movida madrileña?... ¿Donde han aprendido a mirar si no Paco Umbral o Moncho Alpuente? Don Latino, Curro Cadenas, Dª Calixta, la Daifa o el Golfo del Organillo son personajes tabernarios. Frases como ¡Cráneo privilegiado!, No te pongas estupendo, o Me es inverosímil son frases tabernarias. Es más, escenas enteras como la charla de los tenientes en Los cuernos de don Friolera, o más de cuatro pasajes de Luces de bohemia resultan inimaginables fuera de ese ámbito social que es la taberna. A mí me da en la nariz que, en gran medida, Valle se limitó a transcribir al papel lo que veía y escuchaba en las tascas, encajándolo en la estructura de una historia, a veces imaginada, a veces extraída de la crónica de sucesos. Valle no inventa un vocabulario, como han pretendido tantos críticos, pero sí una forma de mirar y una forma de contar a base de combinaciones inusitadas sabiamente escogidas. Exactamente, lo que se debe esperar de un dramaturgo.

Yo intenté  montar Los cuernos hace más de cuarenta años, con el TEU de Políticas. Entonces dio al traste con mi propósito Don Fernando Fernández de Córdoba, comisario del Teatro María Guerrero y locutor insigne, que había tenido el honor de leer en Burgos, en 1939, el último bando de los vencedores. No importa. Creo que entonces la rubeola juvenil me habríaimpedido acercarme con la frialdad suficiente a esta obra maestra de nuestra dramaturgia. Sin embargo, nunca renuncié a montarla. Yo soy de signo Aries, un manchego de ideas fijas que siempre vuelve al lugar del crimen. Lo intenté de nuevo en el 71, en el Portugal de Caetano...y hubo problemas con la Censura. Monté en su lugar La casa de Bernarda Alba. Nuevo aplazamiento obligado. Y hace ya unos cuantos  años, el I.N.A.E.M. me ofreció ocho millones de partida  para echar a andar el carro. No sé lo que pasó entonces. Francamente, no lo sé. Llegado el momento de la verdad, la oferta se desvaneció en el aire. Y así, hasta doce intentonas. Esperemos que a la trece vaya la vencida.

Reparto


Los cuernos de Don Friolera
Dirección: Angel Facio

El Ciego/Nelo El peneque
Alfonso Delgado

La Moza/Manolita
Inma Cuevas

Don Estrafalario/Niño del melonar
Manuel Millán

Don Manolito/Un limpiabotas
Antonio M. M.

El Bululú/ Coronel Pancho Lamela
Pepe Soto

Don Friolera
Rafael Núñez

El cabo Alegría/Cardona
Luis Arrasa

Pachequín
Nancho Novo

Doña Loreta
Teté Delgado

Doña Tadea
Isabel Ayúcar

Don Lauro Rovirosa
Sergio Macías

Doña Calixta
Gloria Villaba

Barallocas
Diego Pizarro

Teniente Campero
Fernando Ruiz

Doña Pepita
Mahue Andúgar

             
     
             

Director
Angel Facio


Yo soy madrileño, sesentón y solterón, y en mi carné de identidad, en el espacio reservado a la profesión, pone director de teatro. ¡Veleidades administrativas! De hecho, durante quince años ejercí de abnegado PNN en la Universidad Complutense. Luego, como no me halagaba el panorama de convertirme en funcionario definitivo, fundé Goliardos, el primer grupo independiente que recorrió el país de cabo a rabo en aquellos tiempos dorados que sucedieron a las algaradas estudiantiles del 68. De aquella época, Historias de Juan de Buenalma y La boda de los pequeños burgueses hicieron las delicias de los espectadores, según las reseñas de las revistas del corazón. Aprendí, pues, lo poco que sé encaramado al carro de cómicos ambulantes: de Belgrado a Nueva York, pasando por Venta de Baños.

Después, tras el fallecimiento de Goliardos -apenas dos años antes que el General-, me incorporé a la jungla del mercado teatral, montando espectáculos, más o menos discutibles, donde estuvieran dispuestos a financiármelos. Trabajé en España y Portugal para la empresa privada -pongamos La casa de Bernarda Alba y Todo desnudo será castigado-, en Colombia y Polonia para la empresa pública -Ligazón, Las criadas, La Celestina-, y, de regreso a la Madre Patria, intenté reverdecer viejos laureles con Teatro del Aire, otro intento de grupo estable desaparecido por falta de oxígeno, con el que acabé de desarrollar mi lectura de La Celestina a lo largo de tres duras temporadas.

En la década de los 80, quiero recordar un par de montajes para el Centro Dramático Nacional -Las bragas y No hay burlas con Calderón-, y prefiero olvidar una demencia primaveral con Moncho Alpuente que dio en llamarse La Reina del Nilo, así como unas cuantas reposiciones y un sinfín de cursos, cursillos, cursetes, seminarios, mesas redondas, mesas cuadradas, congresos y conferencias. También muchísimas horas de pasillo en los centros oficiales, mendigando el dinero necesario para sacar adelante algún espectáculo que nunca vería la luz. 

Fueron éstos tiempos de desilusión, imputable sin duda a la falta de un proyecto cultural coherente por parte de los socialistas de salón que nos cayeron en suerte.

Rayando los 90, me lié la manta a la cabeza, e intenté resucitar Goliardos, esta vez bajo la redundante etiqueta de Sociedad Limitada. De esta experiencia, muchísimo papeleo legalista -miseria envuelta en celofán-, y apenas cuatro espectáculos, armados sobre textos de Sartre, Genet, Rodrigo García y un controvertido Tenorio.

En el 94, cerramos definitivamente el chiringuito, y me largué a Sevilla, donde desempeñé la cátedra de Dramaturgia en la Escuela de Dirección del CAT, y realicé el montaje de Moscú cercanías, un texto ruso en que se lució Juan Diego. Luego crucé el charco y me fui a Colombia para intentar poner en pie una versión criolla de Fuenteovejuna, pero la cosa no resultó por falta de presupuesto, así que me volví a la Madre Patria, y cumplí un sueño largos años acariciado: echar las bases de un teatro mesetario. Fruto espúreo de mi obsesión, unas Desventuras conyugales de Bartolomé Morales, inspiradas en los Diálogos del Ruzante, y una Noche de los asesinos, levantada a pulso por una compañía familiar de Almendralejo.

Un poco harto ya de dar tumbos, expirando el siglo, decidí presentarme a las oposiciones de Dirección de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Me tumbaron, como era de esperar, así que tuve que conformarme con hacer lo propio en la Huerta en condición de interino. Y allí me quedé durante un par de años, rodeado de espárragos, berenjenas y tomates. Con alumnos, profesores y graduados de la escuela de Murcia, conseguí poner en pie la Fuenteovejuna rumiada en Colombia. Y con un grupo de amiguetes de Logroño, estrené, meses después, un texto de Coppi, extraño y polifacético autor argentino.

En el cajón, una docena de ambiciosos proyectos: El balcón, Hamlet, La Henríada, Macbeth, en la bodeguilla un centenar de buenos caldos nacionales, y en las meninges una sensación convulsa en que se mezclan, a partes iguales, ilusión y resentimiento.